Lo que cuesta cuidar a un cliente

Por lo visto y en contra de lo que dice la biblia del marketing, más que conseguir uno nuevo, o al menos así lo parece entender Telefónica. De lo contrario supongo que cuidaría mucho su departamento o subcontrata de Atención al Cliente para que ofreciera un servicio en la que bajo la máxima, "El cliente siempre tiene la razón", se atendieran con la mayor simpatía las consultas más ridículas u oportunas que estimen convenientes los que mensualmente pagan sin rechistar.

Pero, ¡qué va!, lo importante para Telefónica no debe ser la fidelización del cliente, sino la reducción del número de incidencias para que un directivo de la compañía se apunte un tanto a costa de colgar, literalmente, el teléfono a los clientes protestones. Así es como me ha ocurrido y aún sigo flipando por la falta de respeto que ha tenido esta compañía conmigo. Mi enfado ha sido mayúsculo, tanto que volví a llamar al 1004 para quejarme del trato dispensado a sabiendas de que no iba a conseguir nada salvo rallarle la cabeza a la teleoperadora de turno. Evidentemente la chulería y prepotencia dispensada por su servicio de Atención al Cliente, y más concretamente, por el Departamento de Incidencias de ADSL, no va a pasar desapercibida en mi familia. Si mi facturación no les motiva para dispensarme un trato adecuado y educado, a lo mejor, un repaso sobre las nefastas consecuencias de un cliente insastifecho, les hace recapacitar su adtitud, y tal vez luego, hablamos del próximo destino de los 4.000 euros anuales que nos venía cobrando entre fijos y moviles a mi hermana, mi madre y servidor.

Y todo este jaleo por una simple consulta, que debido al excesivo celo de "profesionalidad" de la teleoperadora, nunca pude hacer. Por increíble que parezca, me quede sin saber si existía alguna actualización del driver del moden Thomson Speed Touch 330 para Windows Vista. Por lo visto, esa información es "confidencial", tanto que sólo se la podían revelar al titular de la línea, mi difunto padre. Lo peor de todo no quedó ahí; aún tuve que lidiar con la ingrata sorpresa de recibir un telefonazo cuando, como titular de una línea, pedí que me facilitara tan relevante información. Impresentable.