De currante a bifuncionaria

No ha sido tarea fácil ni un camino de rosas. La decisión no fue voluntaria sino obligada por un mercado laboral que no acepta a una madre trabajadora. Tras siete años demostrando su valía como traductora, no tuvo mejor idea que decidir ser madre, a lo que la empresa le correspondió con una amable invitación a abandonar su puesto justo antes de que pudiera reincorporarse de su baja maternal. Una hija parece no garantizar la "dedicación" completa que las exigencias laborales imponen.

En el paro y con la moral tocada sacó todas sus fuerzas y se aferró a la salida más sensata pero más difícil que podía tomar en ese momento. Estudiar una oposición mientras cuidaba de nuestra pequeña, su casa y de mí. Eligió las primeras oposiciones que le garantizaban un puesto en Granada, la Universidad. Más de tres mil aspirantes para 19 plazas.

Fueron meses de mucho esfuerzo. Casa, niña, academia, codos y para colmo, yo, con mi Master. No conocíamos más luz que la de la bombilla. Llegaron los exámenes y con ellos otro gran palo, comprobar como el enchufismo le relegaba tres puestos atrás suficientes para perder su plaza. Más tensión, reclamaciones, impugnaciones, amenazas y la impotencia de ver como la burocracia te arrolla sin que puedas hacer nada salvo gastarte un dinero que no teníamos en pleitear.

El mundo se nos venía encima. El paro se acababa y la hipoteca y facturas acudían puntualmente todos los meses a su cita. Sin tiempo para reponerse de la injusticia padecida, y menos aún para prepararse el temario, se presentó a las del Estado, donde por lo menos, si existía enchufismo, no era tan descarado. 45.000 aspirantes para 1.400 plazas que no fueron ningún problema para conseguir la suya en la administración de la Seguridad Social de El Ejido.

Aún así, no era lo que ella quería. Nuestra casa, nuestra vida y familia estaban aquí, en Granada. El conformismo no bastaba, y la ilusión y coraje de demostrar que no hay reto que le frene, le bastó para volver a intentarlo en la Universidad. Esta vez eran sesenta plazas para otros tres mil aspirantes. Sólo había que mantener el nivel del anterior intentó y así ocurrió. Tras dos años, con el paro agotado una peque que ha generado hábito de estudio, mi mujer, toda una campeona, conseguía su merecida plaza en la Universidad.

Atrás quedan los problemas, la incertidumbre, la ansiedad y la incomprensión de una sociedad que ni mucho menos está hecha para una mujer, y menos aún, para una madre. Su despido ha valido para demostrar a la empresa privada que no se puede desperdiciar tanto talento y entrega por una simple cuestión de "dedicación".

¡Felicidades campeona!!!