Moderación y educación escrita

Si el hombre tuviera que comunicarse con sus semejantes a través de un teclado no me cabe la menor duda de que a estas alturas andaríamos camino de la enésima Guerra Mundial. Estas maquinitas, al igual que los coches, parecen despertar sentimientos muy ocultos en el subconsciente que sacan la verdadera bestia que lleva cada uno dentro. Desde que se abrió la veda de la participación en Internet, el hombre, en vez de evolucionar, ha dado un gigantesco paso atrás en cuanto a respeto, expresión y razonamiento.

Hagan un sencillo juego. Reúnan en una mesa a varias personas. Elijan un artículo cualquiera con gran cantidad de comentarios. Repartan los contertulios del mismo entre todos y comiencen el debate. No pasarán ni un par de minutos para darse cuenta de que el ambiente se tensa sin solución alguna. La expresión escrita no es perfecta, y a pesar de los signos lingüísticos que muchos parecen desconocer, no consigue reflejar la entonación, emoción, tono y demás cualidades de la expresión oral, lo que dificulta aún más la comunicación. Es evidente que a esta barrera no se le puede añadir encima la malafollá.

De la misma manera que en nuestras conversaciones sometemos nuestra expresión a una sana moderación, deberíamos educar nuestra escritura, porque al final, lo que está en juego no es otra cosa que la capacidad de dialogar entre todos, y desde luego, que no se puede hacer desde la falta de respeto.

Y qué mejor manera de educar que quitando y dando la razón a los argumentos bien razonados y expresados. No se trata de censurar sino de establecer unas reglas en el diálogo escrito que permita el flujo sencillo y directo de ideas entre los contertulios y lectores. En la era de la sobreopinión se hace más que necesaria la figura del moderador para eliminar lo superfluo y dejar todo aquello que añada valor a un artículo. Lo contrario sería una irresponsabilidad que acabará con la bandalización del artículo.

Trabajo extra, por supuesto; pero tan importante como redactar un buen artículo. Es el precio de la popularidad.