Cervezas, latín y mucho amor

No soy una persona que acostumbre a fisgonear en las conversaciones de los demás cuando me encuentro sólo en un banco o en la mesa de un bar. Sin embargo, hay momentos en los que por mucho que trates de distraerte en el bullicio del ambiente, es inevitable acabar siguiendo el hilo de una tertulia cercana. En ello me vi la pasada noche cuando una joven pareja trataba de sorprenderse el uno al otro con su amplio repertorio de sabiduría. Distraídos en su mundo del cortejo no cayeron en la cuenta de que su tono de voz era lo sufientemente elevado como para evitar que su conversación no trascendiera al resto de presentes que allí nos encontrábamos. Sordo no soy, y como el momento no me ofrecía nada mejor, afine un poco el oído y me dejé llevar por el tema que trataban.

- ¿Y qué idioma estudias tú?, preguntó el chico.
- Latín, contestó ella.

Algo desencajado por una respuesta que no esperaba, el chico trató de salir airoso con otra pregunta que evidenciaba lo poco que sabía de nuestra lengua madre.

- ¿Entonces, con eso puedes ir a Roma?
- No, yo estudio el latín antiguo, el de hace más de 5000 años.

Fue ahí donde mi sentido común le dió un zarandeo a mi pabellón auditivo para tratar de afinar aún más la frecuencia por si lo que acababa de escuchar se debía a una recepción defectuosa. Pero no, la conversación continuó por unos derroteros que sólo el atrevimiento de la ignorancia podía justificar.

- ¿Y por qué estudias un idioma que ya no sirve? ¿No sería mejor estudiar el que se habla ahora allí, o mejor, el inglés?

Una pregunta bien formulada sino fuese porque estaba basada en una absurda deducción. Aún así, ella, segura de dominar el tema y dispuesta a sorprenderle aún más con su inteligencia respondió:

- Porque de ahí viene el Español.

¡Menos mal!, algo coherente que demuestra que ellas son más listas que nosotros, aunque de nada sirvió para aclararle a su pareja por qué puñetas estudiaba un idioma que ya nadie hablaba en Roma. Menos mal que entre ellos se entendía y ahí los dejé con su profunda conversación sobre lingüística.

Me levanté de la mesa, los miré disimuladamente mientras me dirigía a la barra del bar para pagar mi cerveza y me dije: ¡Hostias, pero qué felices son!