Presumir del fracaso

Head in Hands


¿Quién no se siente realizado tras saborear las mieles del éxito? ¿Qué otra sensación hay más intensa que ser por un instante un héroe? ¿Por qué nos gusta tanto triunfar? Da igual el qué, cómo y con quién. En nuestras vidas siempre se nos cruzan pequeñas ocasiones en los que nos sentimos protagonistas de ellas, y disfrutamos intensamente. Necesitamos constantemente el reconocimiento social para marcarnos nuevos retos con las que conquistar nuevos logros. Toda una carrera de fondo donde la meta siempre estará marcada por los méritos de los demás.

Desde pequeños se nos ha educado en unos valores en los que el fracaso no tiene cabida. No encajamos la derrota. Nadie sigue al perdedor. Ocultamos nuestras debilidades y sobre todo, a pesar de las adversidades, siempre presumimos de nuestras virtudes. Siempre hay un momento en los que lucirse y distraer la atención de nuestras miserias. Por eso cuidamos nuestra imagen, buscamos nuevas metas profesionales, elegimos las amistades correctas, compramos el coche, casa, ropa y mascota que mejor nos realcen. Todo lo hacemos por un bienestar que nunca será pleno sino existe la aprobación social de nuestro entorno, el mismo que elegimos nosotros.

¿Pero qué ocurre cuando todo se cae como un castillo de naipes? ¿Cómo encajamos que no somos lo que nos habíamos propuesto? ¿Qué hay que hacer cuando nos topamos con el sabor amargo de la derrota? Nadie, absolutamente nadie, nos ha enseñado a presumir del fracaso, porque en nuestro guión de la vida no hay papel para él, y lo que no sabemos, ilusos de nosotros, es que en algún momento de la función, acabará por colarse. Sin pedir permiso. Sin avisar. De repente. Es entonces cuando nos damos cuenta de lo ridículo de nuestra existencia. De lo absurdo de vivir de cara a los demás. Son momentos delicados en los que se puede crecer o derrumbarse según se sepa o no encarar a la adversidad. Todos, absolutamente todos, tarde o temprano hincaremos la rodilla ante nuestra propia meta. Es el precio de ligar nuestros destinos al éxito social.

Así es la vida. Mientras estés en la senda del éxito social es fácil sentirse poderoso; pero el poder es efímero y emborracha. Nos hace caer en la ostentación absurda de una imagen desvirtuada de nuestra realidad. Dejamos de se auténticos para ser una marioneta más de nuestro círculo. Cambiamos sin pestañear nuestra libertad por sumisión con tal de ser héroes de los demás, pero no de nosotros mismos. Nos gusta alardear. Nos encanta. Pero también tenemos que aprender a presumir del fracaso, porque nos hará más humanos.