Furia en las redes sociales

Vivimos una realidad social en pantallas que anulan la empatía y convierten a las personas en cosas sobre las que descargar nuestras frustaciones. :: Alain Asenjo
Siempre he tenido claro que las redes sociales son un reflejo distorsionado de nuestra realidad donde se muestra la mejor versión de cada uno. Redes como Facebook, Instagram o Twitter, son el escaparate perfecto para vender a todo el mundo esa vida envidiable y vacía de problemas que uno mismo ni se cree. Para eso están, para presumir, y claro, el que alardea ha de ser consciente que será objeto de envidias y críticas por parte de esa gran colección de seguidores que apenas conoce, salvo por el mero de hecho de corresponderse mutuamente para ganar esa absurda competición de ‘likes’ y ‘followers’.

Independientemente de la red y del objetivo que cada uno quiera darle a su espacio social, hay algo que últimamente no pasa desapercibido y que va a más en los perfiles, foros y comentarios de redes y medios. Se trata del tono del debate. Cada vez más subido, más encrespado y maleducado. Lo que debería ser una herramienta para compartir vivencias y pensamientos, ha derivado en un instrumento de burlas, insultos y reproches sin miramiento alguno. Ya no interesa lo que se publica sino lo que es susceptible de ser vilipendiado y al ser posible, con un toque de humillación para disfrute y gozo del personal. Es el mundo idílico del Trol que goza creando controversia con mensajes provocadores y que, en contra de la recomendación de no seguirle la corriente, no sólo consigue una multitudinaria respuesta, sino que además obtiene una tremenda difusión.

Es la nueva manera de divertirse en las redes sociales. Encontrar la metedura de pata, el comentario desafortunado, la opinión discordante, el hecho punible para, una vez descontextualizado, iniciar el linchamiento sin importar sus consecuencias ni las razones que llevaron a ello. El proceso siempre sigue la misma rutina: error, etiquetado, cosificación, linchamiento, meme y difusión. Los famosos lo pusieron muy fácil con sus excentricidades, pero no bastaba quedarse ahí, había que subir el nivel del morbo y llevarlo a nuestro mundo. Ahí es donde la furia de las redes sociales despelleja a quien cae en su desgracia porque a diferencia de las estrellas, no hay escudo que proteja, y claro, las consecuencias de tratar las conductas ajenas como ficciones con las que divertirse o cargar nuestras iras, son nefastas.

Cada vez son más numerosos los casos de personas anónimas que saltan al precipicio del dominio público por ser protagonista directo o indirecto de una publicación que por capricho alcanza relevancia en las redes sociales. Nadie está a salvo y mucho menos, preparado para aguantar el golpe de la humillación. Convertido en el títere anónimo de un guion social que lo zarandea entre las redes y la realidad de su entorno, pocos son los que saben zanjar con soltura una crisis que se cobra víctimas con nombres, sentimientos, familiares, amistades, compañeros y proyectos que una publicación trunca para siempre. No hay empatía que valga en el mundo de la pantalla. Una vez dentro, eres una aplicación más que pasar o borrar. Nadie pensará en ti.

Posiblemente todo esto pase desapercibido hasta que salta a la gran pantalla cuando ya es demasiado tarde. Recientemente una joven italiana se suicidaba víctima de la presión social en las redes. Es el caso más reciente y extremo, pero no es el único ni será el último. Las redes están llenas ejemplos similares entre famosos y desconocidos, pero sobre todo, entre escolares que sufren en silencio el linchamiento amplificado por la globalización de las redes sociales. Urge que todos reeduquemos nuestra conducta ante las redes y que por una vez, seamos más 'sociales'.