La explicación biológica de la infidelidad

La atracción es el detonante de un proceso biológico que despierta el deseo sexual que todo animal posee para garantizar la reproducción. :: PEXELS 

Una vez me contó una amiga que a pesar de estar muy enamorada de su pareja no podía evitar fijarse en otros hombres. Como ella es muy golosa, recurrió a los pasteles para que tratara de entenderla. "Mira Fran, que tenga un pastel en mi mano no quita que pueda mirar al resto de pasteles", me dijo. "El que he elegido es el que quiero, pero me gusta recrearme la vista con el resto", concluyó. Debo admitir que la comparación, a pesar de que pueda parecer frívola, fue bastante afortunada. A fin de cuentas, pasteles u hombres, ambos entran por los ojos, se pueden 'comer', y pueden ser muy dulces. El caso es que ella, como otras personas, tiene una especial debilidad por las aventuras. Tanto ver pasteles tiene que al final, quieras o no, acabas por caer en la tentación. ¿A quién le amarga un dulce?


Como dice el anuncio, mirar a otros ‘pasteles’ no es infidelidad, pero comerlo mientras se tiene otro en la mano, sí lo es. Si éste es tu caso, no te culpes. Todo tiene una explicación científica. Tu instinto animal se ha impuesto al raciocinio. O lo que es lo mismo, tu afán por perpetuar tu estirpe ha desatado la lujuria que llevas dentro hasta perder el sentido de todo. La atracción ha sido tan poderosa que ha desatado ese animal que todos llevamos dentro. Puede parecer una explicación ridícula a oídos de quien padece la infidelidad, pero no por ello deja de tener una poderosa razón biológica. Como animales que somos, conservamos los mismos instintos naturales que el resto de mamíferos, pero modulados por nuestra exclusiva capacidad de raciocinio. Una peculiaridad humana que ha permitido crear una moral que ha condicionado nuestras conductas sociales y sexuales, con el objetivo de anteponer la colectividad sobre la individualidad. En resumen, el hombre animal es infiel, pero como ser social se comporta como fiel.

En esta línea irían los estudios de la antropóloga y bióloga estadounidense Helen Fisher, que afirma en uno de sus estudios, 'Infidelity: When, Where, Why', que la promiscuidad del hombre y la mujer se debe a un causa puramente biológica: la necesidad de transmitir su ADN y reproducirse, como hacen todos los animales. La promiscuidad sería una estrategia evolutiva para garantizar el éxito de la reproducción de la especie, cuyo detonante no es otro que la atracción física. En palabras de la profesora Helen, una "inyección de dopamina en el cerebro que permite despertar nuestro deseo sexual por el otro". El conocido flechazo. Sin embargo, no basta con fecundar para procrear, sino que hay que establecer un plan para garantizar la cría de esa prole. Surge así el compromiso entre la pareja. Nace el amor. Un pacto de fidelidad para salvaguardar la familia. Desde los orígenes de la humanidad, éste ha sido el proceso que se ha seguido con las adaptaciones circunstanciales y morales de cada momento.

La infidelidad es por tanto algo intrínseco a nuestro ser, mientras que la fidelidad surge de un acto voluntario para la consecución de un objetivo. En el pasado era el cuidado de los hijos. Hoy puede ser cualquier otro. Cuanto mayor sea la consistencia y la gratificación de ese ‘romance’, mayor será el vínculo de fidelidad. De lo contrario, surgirá ese instinto animal.