Los Ni-Ni, vagos pero no sólo jóvenes

La última estupidez de la investigación sociológica, psicológica y televisiva del momento nos ha parido una nueva etiqueta despectiva para la juventud española: La Generación Ni-Ni. El último gran descubrimiento del siglo, y quién sabe si de la humanidad. De momento, una perfecta válvula de escape para que algunos intelectos del sistema puedan ofrecerle a la Generación Tapón un balsámico para expirar sus culpas. Un perfecto narcótico para endulzar los últimos años dorados de la vejez sin remordimiento alguno, tras haber sido partícipes de un sistema que hace aguas por todas partes.

Ahí la tenemos, la Generación Ni-Ni. Única culpable de todos los problemas que están asolando nuestra economía y sociedad. Que el paro esta por las nubes: la generación Ni-Ni, que no quiere trabajar. Que no se venden pisos: la generación Ni-Ni, que todo se gasta en botellones. Que la productividad está por los suelos: la generación Ni-Ni, que no estudia. Que la vida esta cara: la generación Ni-ni, … y así hasta el infinito. El objetivo es apalear a las víctimas del sistema para que no sean conscientes de la mierda de mundo que van a heredar.

Si injustas son las generalizaciones, más duras y humillantes resultan cuando se manipula la realidad para ofrecer una pequeña parte como un todo que es irreal. Sobre todo, cuando hablamos de una generación marcada por la desilusión de haber sido la mejor preparada de la historia para acabar en las colas del paro o, en el mejor de los casos, con un salario mileurista que no permite proyecto de vida alguno. De ello ya se encargó la salvaje especulación que convirtió un derecho constitucional en un bien de lujo, sin contar con el retroceso vergonzoso de todos aquellos derechos y libertades por los que un día mereció la pena luchar.

Por eso, a estos analistas de la sociedad, demócratas de pacotilla que esbozan una picarona sonrisa cuando oyen hablar de la generación Ni-Ni. A esos traidores de la libertad y de los derechos. Egoístas del bienestar y especuladores de la ilusión. A esa generación de prejubilados, directivos, políticos y sindicalistas que se creen amos de las voluntades de los que les preceden. A todos ellos me dirijo para decirles que vagos, como los Ni-Ni, con y sin nómina, existieron, existen, y existirán, sin distinción de edad, sexo, ideología y estatus social.
 
Mis disculpas a todos los prejubilados forzosos, y a todos los padres que padecen con sus hijos las miserias de este sistema. Generalizar es injusto, tanto como el caso que nos ocupa.